Carlos Martínez García
>
>
> Leer es chido
>
>
> Aquí y allá se desgarran las vestiduras por los
> catastróficos resultados que
> unos exámenes nacionales, aplicados a estudiantes de
> primaria y secundaria,
> arrojan sobre las capacidades lectoras y matemáticas
> de los niños y
> adolescentes mexicanos. Claro que esos indicadores
> son muy preocupantes,
> pero el eslabón más débil es precisamente el que fue
> evaluado y sobre él se
> lanzan todo tipo de invectivas, lamentos y
> descalificaciones.
>
> El reprobado es el sistema educativo, incapaz -por
> las razones que se
> quiera- de contagiar a los estudiantes del gozo de
> leer, de aprender por sí
> mismos esa aventura que es escuchar a un autor(a) y
> dialogar con él/ella. Un
> indicador que no falla es el que muestra qué estado
> guarda la lectura en la
> etapa más alta del peregrinar escolar no escribo
> educativo porque eso es
> otra cosa. Ya lo dijo con aguda certeza Gabriel
> Zaid: "el problema del libro
> no está en los millones de pobres que apenas saben
> leer y escribir, sino en
> los millones de universitarios que no quieren
> leer... Lo cual implica
> (porque la lectura hace vicio, como fumar) que nunca
> le han dado el golpe a
> la lectura: que nunca han llegado a saber lo que es
> leer" (Los demasiados
> libros, p. 52).
>
> Lo que afirma Zaid no es hiperbólico, es fatalmente
> real: los más equipados
> para leer, los universitarios nada más no leen, y si
> lo hacen, mal
> comprenden lo leído. Estamos hablando, por supuesto
> en términos generales,
> porque en este páramo, tan o más desolado que el
> descrito con enorme
> maestría por Juan Rulfo en su cuento Luvina, existe
> una minoría lectora que
> evita la hecatombe. Y no es porque los lectores
> asiduos sean superiores en
> cualquier sentido a quienes no leen, es solamente
> porque son afortunados al
> retroalimentar la vida con libros y éstos con
> aquélla.
>
> Me entero, gracias al comentario de Sandro Cohen
> ("Ignorancia
> universitaria", Laberinto, 7/10), de un
> estudio-encuesta que hicieron
> Rosaura Hernández Monroy y María Emilia González,
> publicado en la revista
> Fuentes Humanísticas de la UAM. La investigación se
> titula: "Los jóvenes y
> la lectura en el ámbito universitario".
>
> A diferencia de la UNESCO, que considera como lector
> consuetudinario a quien
> lee por lo menos 20 libros al año, las autoras
> clasifican como lector
> experto a quien lee un libro mensualmente, es decir,
> 12 volúmenes al año. En
> su medición nada más 12.7 por ciento resultaron
> lectores expertos. El resto
> (87.3 por ciento) queda como intermedio o inexperto,
> con cinco horas
> dedicadas a la lectura por semana y cinco a la
> quincena, respectivamente.
>
> ¿Esas cifras podrían ser de otra manera cuando el
> sistema educativo está
> orientado para ahuyentar de la lectura a los
> estudiantes? Entre nosotros el
> libro es un objeto extraño, y ejemplo de ello es la
> tendencia dominante que
> encontramos entre los profesores de primaria y
> secundaria -aunque en otros
> niveles la cuestión dista de ser halagüeña- en el
> sentido de que a todas
> luces dejaron de leer más o menos cuando se
> graduaron. Si a esto le sumamos
> que ellos y ellas que no leen, en el sentido
> profundo del término, sino que
> decodifican superficialmente unos signos impresos en
> papel o la pantalla,
> tenemos la combinación perfecta para internalizar en
> los estudiantes la idea
> de que leer es una obligación, y además aburrida. De
> manera inmisericorde
> les exigen la lectura de clásicos del Siglo de Oro
> español, o de literatura
> griega en los, por otro lado, muy encomiables libros
> de la colección Sepan
> cuantos. Ya sé que quienes de infantes leyeron estos
> libros van a criticarme
> y tal vez digan que cometo un sacrilegio, pero la
> inmensa mayoría de
> estudiantes sin antecedentes lectores en su familia,
> sin libros en sus casas
> ni bibliotecas escolares dignas de este nombre, se
> sienten torturados cuando
> los mandan a leer voluminosos clásicos que miran muy
> lejanos a la realidad
> que viven cotidianamente. Y si no, que les
> pregunten.
>
> Hay que conectar la lectura con la vida. Hace unos
> días rescaté un libro de
> texto que llevé en la secundaria pública. Se trata
> de una obra de título que
> evoca elegancia y vocabulario en desuso: El galano
> arte de leer. Es una
> antología que incluye ejercicios gramaticales, de
> sintaxis y prosodia.
> Recuerdo que sus breves selecciones me gustaron,
> pero hijo de una familia
> obrera ese gusto no tuvo el apoyo con recursos
> bibliográficos que un
> incipiente lector por gusto debió recibir. Fue al
> ingresar al siguiente
> ciclo escolar, en el bachillerato, cuando leí el que
> considero mi primer
> libro, el que me atrapó y abrió horizontes antes
> insospechados: Relato de un
> náufrago, de Gabriel García Márquez. Entonces yo
> ignoraba por completo quién
> era ese escritor, nadie antes me lo había
> mencionado.
>
> Puede ser definitorio ese primer libro leído con
> gozo, por esto las
> autoridades educativas tienen que ponerse ante sí un
> objetivo sencillo:
> contagiar a los estudiantes de los niveles básicos
> del gusto por la lectura.
> Ello puede ser posible con una antología
> expresamente preparada para las
> generaciones presentes que incluyan cuentos y poemas
> de autores
> contemporáneos, una selección donde la solemnidad
> sea excluida y su lugar lo
> ocupen narraciones que comuniquen e interesen a los
> estudiantes de carne y
> hueso. Por lo pronto sugiero un título para ese
> hipotético material. Ya no
> El galano arte de leer, tampoco el Nuevo galano arte
> de leer, ¿qué les
> parece Leer es chido?
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